Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¡Foulon vive! ¡Foulon, que cree que el pueblo solo vale para comer hierba, que me lo dijo cuando no tenÃa pan para mi anciano padre! ¡Foulon, que tuvo valor para decirme que mi hijo podÃa chupar hierba cuando se secó mi seno! ¡Miserable! ¿Lo oyes, hijo mÃo, pobre hijo mÃo que moriste de hambre? ¿Lo oÃs, padre mÃo, que agonizasteis tanto tiempo y a quien os juré, de rodillas sobre las frÃas losas, que os vengarÃa? Maridos, hermanos, dadnos la sangre de Foulon, dadnos su corazón, dadnos el cuerpo y el alma de ese monstruo para que lo hagamos pedazos, y con nuestras uñas le abriremos una tumba donde se hartará de comer hierba.
Y exaltadas hasta la rabia, saltaban, daban vueltas, ululaban y atropellaban a sus propios amigos, y algunas se desmayaban y las habrÃan pisoteado si no hubiesen llegado a levantarlas del suelo los hombres.
Sin embargo, no se perdió un minuto ¡ni un segundo! Aquel Foulon estaba en el Hôtel de Ville y podÃa ser puesto en libertad… ¡No! ¡No! Saint Antoine se acordaba demasiado de lo que habÃa padecido para desistir ahora de su venganza. La multitud, en su violencia, arrastró tras ella las últimas heces del barrio con tal fuerza de succión que en menos de un cuarto de hora no quedaban allà más que algunos enfermos y los niños en la cuna.