Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —He contestado a esos señores que siempre me han prodigado sus bondades —prosiguió la señorita Manette— que, ya que era necesario que viajara a Francia, tendrÃa la más grata satisfacción, siendo huérfana y no teniendo quien pueda acompañarme, si se me permitÃa ponerme bajo la protección de tan digno caballero. Este habÃa partido ya de Londres, pero le enviaron un emisario para suplicarle que me esperase aquÃ.
—Me creÃa ya muy honrado con el encargo que se me habÃa confiado —dijo el señor Lorry—, pero ahora tendré la más grata satisfacción en cumplirlo.
—Mil gracias, caballero; os estoy muy reconocida… Me dicen además en la carta que la persona en cuestión me comunicará los pormenores de este asunto y que probablemente me sorprenderán sus revelaciones. Estoy dispuesta a oÃrlas y tengo vivos deseos de saberlo todo.
—Es cierto —dijo el señor Lorry—, sabéis que debo en primer lugar… —Volvió a arreglarse la peluca, y después de unos momentos de silencio agregó—: Se da el caso de que este negocio es muy difÃcil, y no sé cómo empezar.
En su turbación, y no sabiendo cómo entrar en materia, el señor Lorry miró a la señorita Manette. El rostro de la joven tenÃa esa expresión caracterÃstica de la que hemos hablado antes y que no era menos graciosa por ser tan singular.