Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —No me sois completamente desconocido, caballero —dijo ella, tendiendo la mano como para retener a una sombra huidiza.
—¿Me conocéis? —respondió el señor Lorry, sonriendo y tendiéndole los brazos.
La lÃnea expresiva que se dibujaba entre las cejas de la joven, encima de una pequeña nariz femenina de extremada finura, se hizo aún más profunda, y la señorita Manette, que hasta entonces habÃa estado de pie cerca de su sillón, se sentó con ademán pensativo. El anciano la contempló en silencio y le dijo, después de alzar la cabeza:
—Creo que mientras estemos en nuestra patria adoptiva debo hablaros como si fuerais inglesa.
—Hablad como gustéis.
—Soy un hombre de negocios, señorita, y el encargo que tengo que cumplir no es más que un negocio. Os suplico, pues, que me consideréis una simple máquina que habla, porque en verdad no soy otra cosa. Voy, por lo tanto, a contaros, si me lo permitÃs, la historia de uno de los clientes de nuestra casa.
—La historia de… —dijo la señorita Manette.
El señor Lorry manifestó que no comprendÃa el sentido de esta interrupción.