Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Nuestro caminero estaba trabajando en medio de un torbellino de polvo, sin pensar que era polvo y se habÃa de convertir en polvo, y pensando en cambio en lo poco que tenÃa para comer y en todo lo que comerÃa si pudiera disponer de más comida. Levantó la mirada, la apartó de su trabajo solitario para contemplar el horizonte, y vio a un viajero que se dirigÃa hacia él, una de esas figuras que tan raras eran en otro tiempo en aquel sitio y cuya presencia era ahora tan frecuente. El viajero se acercó, y el caminero vio sin sorprenderse que era un hombre de elevada estatura, gesto severo, mirada hosca, tez morena, cabellos en desorden, zapatos toscos y vestido harapiento impregnado del polvo de los caminos, manchado por el lodo de los charcos y erizado de espinas, hojas y musgo recogidos en los bosques y las malezas.
El hombre se dirigÃa como un espectro hacia él, y lo alcanzó en el momento en que se acurrucaba en una de las cavidades del margen para resguardarse del granizo que empezaba a caer.
El forastero miró al caminero y miró la aldea en el valle y la torre que dominaba el cerro y, después de semejante inspección, tomó la palabra en un dialecto apenas inteligible.
—¿Qué tal, Jacques?
—Bien, Jacques —respondió el caminero.
—¡A ver esa mano!