Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

Pero eso no fue todo. Después, con el estómago vacío y la cabeza exaltada por el estrépito y el fuego, recordaron que el señor Gabelle estaba relacionado con la recaudación de contribuciones, diezmos y arriendos y, manifestando vehementes deseos de celebrar con él una entrevista formal, reclamaron con gritos de amenaza la presencia del publicano. Pero el señor Gabelle volvió a retirarse al tejado de su casa, acurrucándose detrás de dos chimeneas, decidió (era un hombrecillo de genio vengativo) que, si llegaban a forzar la puerta, se arrojaría de cabeza sobre la multitud, y tendría al menos la satisfacción de aplastar a uno o dos hombres.

Es probable que la noche le pareciera muy larga al señor Gabelle sin otra luz que el castillo en llamas, y sin otra música que los golpes a su puerta, combinados con un alegre cascabeleo; tampoco hay que olvidar la inquietud que le inspiraba el farol colgado delante de sus ventanas y que la multitud deseaba mudar de sitio para colgarlo a él. ¡Terrible prueba es pasar una noche al borde de un abismo sin más consuelo que el de arrojarse al fondo! Pero asomó por fin la bendita claridad del día, se apagó la iluminación de la aldea después de apurar la última gota de cera, los sitiadores se retiraron, y el publicano pudo bajar con vida.


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