Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Precisamente estáis exponiendo, querido Darnay, los motivos que me inducen a partir y ninguno de ellos me acobarda. Nada temo: ¿quién hará caso de un anciano de cerca de ochenta años cuando hay tantos individuos dignos de su cólera? ¡La desorganización del país, decís! Si no existiera no habría necesidad de enviar allá a un agente de nuestra casa y, por otra parte, ya sabéis que es indispensable que ese agente haya viajado, conozca los negocios y cuente con la confianza de Tellsone. En cuanto al mal tiempo, a lo penoso del viaje y a las dificultades que saldrán al camino, si después de tantos años de servicio no me prestara a encargarme del negocio en interés de la casa, ¿quién se encargaría?

—¡Tengo tantos deseos de ir! —dijo Charles con agitación, y como un hombre que piensa hablando.

—¡Vos! —exclamó el señor Lorry—. ¿Y me habláis de prudencia? ¿Siendo francés quisierais ir a Francia? Esto es el colmo de la locura.

—Lo deseo precisamente porque soy francés. Es imposible no compadecer a ese pueblo miserable, no lamentar su extravío y no tener la esperanza, en nombre del escaso bien que se le ha hecho, de orientarlo en un rumbo menos desastroso. Ayer noche —continuó con aire pensativo—, cuando estábamos solos, le decía a Lucie…


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