Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¿A Lucie? —dijo el anciano, interrumpiéndolo—. ¿No os avergonzáis de pronunciar su nombre cuando habláis de partir a Francia?
—Se me ha ocurrido esa idea —dijo Charles sonriendo— al pensar en lo que acabáis de decirme.
—Para mà es indiferente; es necesario que parta, y ningún obstáculo me detendrá. No sabéis, querido Darnay… —El señor Lorry miró al jefe de la casa, que estaba lo suficientemente lejos, y añadió bajando la voz—: No podéis imaginar con cuánta dificultad se hacen en Francia los negocios y cuántos peligros corren nuestros libros. Únicamente Dios podrÃa decir qué consecuencias tan fatales podrÃan derivarse si nuestros documentos desapareciesen o fueran destruidos, y ¿quién puede asegurar que ParÃs no sea entregado a las llamas esta noche y mañana al saqueo? Sabéis muy bien que una elección prudente y en el plazo más breve evitará la pérdida de documentos esenciales, y nadie podrÃa juzgar mejor que yo su importancia en su justa medida. Asà lo cree Tellsone, y ¿puedo negarme cuando me suplica por el bien de una empresa en la que llevo sesenta años ganándome el sustento? ¿Puedo faltar al cumplimiento de mi deber con el pretexto de que mis miembros andan un poco torpes? Por otra parte, soy joven en comparación con las momias que tenemos en nuestros escritorios.
—¡Cuánto admiro la generosidad y la firmeza de vuestro carácter! SÃ; aún sois joven, amigo mÃo.