Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Sí. Como el marino de la leyenda, las olas y los vientos lo empujaban hacia el peñasco imantado[29], y hacia él debía ir. Todas sus reflexiones lo conducían, cada vez más rápida y firmemente, a esta terrible atracción. Su latente intranquilidad se debía a que malos instrumentos habían trabajado en pos de malos objetivos en su propia tierra infeliz, ya que él no estaba allí para contener la efusión de sangre y para hablar en nombre de la humanidad. De esto se acusaba interiormente cuando comparó su flaqueza con el valor del señor Lorry, en quien el sentimiento del deber era tan fuerte. A esta comparación tan desventajosa para él habían seguido las insolencias de los nobles y las injurias del abogado que tan profundamente lo habían ofendido, y, por último, la carta de Gabelle, el grito de dolor de un inocente que le suplicaba en nombre de la justicia y del honor que acudiese en su auxilio.
Estaba resuelto: iría a París.
El imán lo atraía con fuerza irresistible, no veía el escollo y no pensaba ya en el peligro. Le parecía que cuando llegase a Francia le bastaría probar sus buenas intenciones para que creyeran en su palabra y le dieran el beneplácito. Tenía también la idea de hacer bien, esa gloriosa perspectiva que se abre ante las almas generosas y, seducido por esta ilusión, se creía con bastante influencia para guiar aquella furiosa revolución que se encaminaba hacia nuevos delitos.