Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Señorita, daos cuenta de que estamos hablando de negocios, tened más calma —dijo el caballero con voz cariñosa y retirando la mano izquierda del sillón para colocarla sobre los dedos suplicantes que le apretaban con fuerza—. DecÃa pues… —Y se interrumpió, desconcertado por la mirada de la joven—. Supongamos, como decÃa, no hace mucho —continuó, haciendo un esfuerzo para dominar su turbación—, supongamos que el señor Manette en vez de morir únicamente hubiera desaparecido, y que haya sido imposible encontrarle aunque se sospechara cuál era el lugar espantoso donde pudiera estar cautivo; supongamos que hubiera tenido por enemigo a uno de esos hombres del que hasta los más temerarios apenas hablan en voz baja y que en la otra parte del Canal gozan de un privilegio como es el de llenar una orden firmada en blanco, en virtud de la cual un desgraciado es arrojado a un calabozo donde muere en la desesperación y el olvido; supongamos que la esposa de ese desgraciado hubiera suplicado en vano al rey y a la reina, a los ministros, a la magistratura y al clero que le permitieran tener noticias de su marido, y la historia de vuestro señor padre será exactamente la del doctor de Beauvais.
—Continuad… continuad, por favor, caballero.
—SÃ, voy a decirlo todo. ¿Tendréis valor para oÃrlo?
—Lo soportaré todo menos la incertidumbre.