Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Hasta entonces no se había enterado; la vigilancia de que era objeto desde su llegada a Francia no le había permitido siquiera saber las noticias más vulgares. Cuando partió de Inglaterra creía que tendría que vencer algún peligro, pero no de tanta gravedad como los que había encontrado. Las dificultades habían crecido a cada paso, y lo crítico de la situación cobraba por momentos gigantescas proporciones. A buen seguro que no hubiera partido de Londres de haber sabido lo que le esperaba en Francia, porque, encerrado en una cárcel, difícilmente podría cumplir su proyecto; pero su inquietud no era tan viva como, imaginada a la luz de nuestro tiempo, se podría suponer. Por tenebroso que fuese el porvenir, era, sin embargo, desconocido, y en su oscuridad se cobijaba la esperanza de la ignorancia. Las horribles masacres que, apenas a un par de vueltas del reloj, habrían de dejar su huella de sangre, a lo largo de noches y días, en la sagrada época de la cosecha[31], le eran tan desconocidas como si se hubieran producido cien mil años antes. Apenas conocía, y como él mucha gente, el nombre de «ese afilado retoño» que acababa de nacer y al que habían llamado Guillotina. Es probable que los tremendos actos que iban a cometerse ni siquiera los adivinasen los hombres que debían ejecutarlos. ¿Cómo podían tener cabida en la brumosa imaginación de una mente noble?