Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades La prisión y sus padecimientos, los dolores de una separación cruel cuya duración no podía fijar, pensar en lo que sentirían los que lo amaban: he aquí lo que Charles Darnay creía que era el colmo de sus desgracias, y con este pensamiento, bastante sombrío ya, llegó a la cárcel de La Force.
Abrió la puerta un hombre obeso, de rostro hinchado y colorado a quien Defarge presentó al preso como «el emigrado Evrémonde».
—¡Qué inundación! —exclamó el hombre—. Cualquiera diría que llueven emigrados.
Defarge tomó el recibo del alcaide sin manifestar que había oído esta exclamación y se retiró con sus dos guardias cívicos.
—¿Vendrán más aún? —repitió el alcaide, cuando salió el ciudadano.
—Ten paciencia —dijo su mujer, que no estaba preparada para contestar a esta pregunta.
Tres carceleros que entraron en aquel momento a requerimiento de la campana de la alcaidesa añadieron a coro: «¡Por amor a la libertad, ciudadano!», palabras que, en aquel lugar, no parecían la conclusión más indicada.