Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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La cárcel de La Force era negra y oscura, de una humedad viscosa y un hedor infame. Es extraordinario cómo se manifiesta y se acumula tan pronto en las cárceles sucias y sin ventilación el olor pútrido que se exhala del sueño aprisionado.

—¡En secreto! —murmuró el alcaide leyendo el auto de prisión—. ¡Como si pudiera caber ya nadie en secreto!

Pasó el papel por un alambre y volvió a entregarse a su mal humor. El preso, recorriendo la sala de un extremo a otro, o bien sentado en un banco de piedra, esperó cuarenta minutos a que el alcaide y sus acólitos grabasen sus facciones en su memoria.

—¡Sígueme! —dijo el jefe, cogiendo al fin las llaves.

Charles acompañó a su guía a través de la fúnebre claridad que envolvía los corredores, subió escaleras, las bajó, se paró delante de macizas puertas que se cerraron rechinando y fue introducido en una inmensa sala baja atestada de presos de ambos sexos. Las mujeres, sentadas delante de una larga mesa, escribían, leían, cosían o tejían, y la mayor parte de los hombres estaban en pie detrás de ellas o se paseaban por la sala.


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