Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Dominado por la idea instintiva que asociaba en él la palabra «preso» a la infamia, Charles Darnay se replegó en sí mismo al entrar en aquella sala que le horrorizaba; pero para que llegase al colmo la falta de correspondencia entre la realidad y lo que él se había imaginado, todos los presos se levantaron para recibirlo, y lo acogieron con la cortesía refinada de la época, con todas las gracias y todas las seducciones de la vida elegante. Estos modales rebosantes de finura, esos saludos exagerados vistos a la luz dudosa que entraba en la sala, desplegados de pronto entre aquellas paredes sucias y desnudas y en medio de un aire impuro, produjeron en Charles la ilusión de haber descendido a la morada de los muertos. No eran más que espectros, la sombra de la belleza, la sombra de la grandeza y de la elegancia, la sombra del orgullo y de la frivolidad, la sombra del talento y de la lozanía, la sombra de la vejez esperando que la sacasen de la orilla, y dirigían al recién llegado unos ojos alterados por la muerte que habían muerto al llegar allí.







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