Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Charles apenas se movía; el alcaide, que estaba a su lado, y los carceleros que iban y venían por la sala guardaban una apariencia acorde con sus funciones, pero, la lado de aquellas madres llenas de dolor, de aquellas señoritas nobles y hermosas, de todas aquellas mujeres educadas en el gran mundo, su tosquedad realzaba hasta el extremo la inversión de toda probabilidad y experiencia que esta escena de sombras ofrecía. Espectros, sin duda. Sin duda, la larga caminata irreal había hecho avanzar la enfermedad que había llevado a Charles Darnay a esas tétricas tinieblas.
—En nombre de todos mis compañeros de infortunio —le dijo un noble de majestuosa presencia que fue a saludarlo—, tengo el honor de daros el pésame por la calamidad que os ha conducido a este sitio. ¡Dios quiera que termine pronto y felizmente para vos! Por otra parte, podría ser una indiscreción preguntaros vuestro nombre y vuestra posición social, aunque esta es una pregunta que aquí no debe ofuscaros.
Charles se despertó y dio gracias al noble como le fue posible.
—Espero que no os habrán destinado al secreto —añadió el noble siguiendo con la mirada al alcaide.
—Ignoro lo que significa esa expresión, pero la han pronunciado cuando me traían aquí.