Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Creed que lo sentimos en el alma, pero no os desaniméis; han llegado en secreto algunos miembros de nuestra sociedad y han vuelto a salir al cabo de algunos dÃas. Tengo el pesar —añadió, alzando la voz— de anunciar a los presentes que este caballero está aquà en secreto.
Se oyó al momento un murmullo de conmiseración, y Charles, al cruzar la sala para dirigirse a la puerta donde lo esperaba su guÃa, recibió las condolencias y consuelos que le prodigaron especialmente las mujeres. Se volvió para manifestarles su gratitud, se cerró la puerta, y las sombras que acababa de ver desaparecieron para siempre de sus ojos.
El corredor terminaba en una escalera de piedra que se dirigÃa a los pisos superiores. Después de subir cuarenta escalones (apenas hacÃa tres cuartos de hora que estaba preso y ya contaba lo que le separaba de los vivos), su guÃa abrió una puerta baja y le hizo entrar en un calabozo húmedo y frÃo.
—Aquà —dijo el carcelero.
—¿Por qué me encierran aparte?
—No lo sé.
—¿Pueden proporcionarme tinta, pluma y papel?
—No me han dado órdenes sobre este punto; vendrán pronto a verte y podrás pedirlo. Lo único que te permiten por ahora es que compres comida.