Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades En el calabozo había una silla, una mesa y un jergón. Mientras el carcelero pasaba revista a esos objetos y examinaba la celda, Charles, apoyado en la pared, lo miraba mecánicamente y su cuerpo y su cara le parecieron tan hinchados que creyó ver en él a un ahogado saturado de agua.
Cuando salió el carcelero, se dijo: «Me ha dejado aquí como a un cadáver». E inclinándose después hacia el jergón añadió, volviendo el rostro con repugnancia: «Y cuando se ha dejado de vivir, los gusanos forman la primera transformación de la carne».
Se paseó por el calabozo murmurando:
—Cinco pasos y cuatro y medio; cuatro pasos y medio y cinco; cinco pasos y cuatro y medio.
Y, por encima de los rumores de la ciudad que llegaban a sus oídos, debilitados como el sonido de un tambor cubierto por un paño negro, voces tétricas repitieron:
—¡Hacía zapatos, hacía zapatos, hacía zapatos!
El preso volvió a medir el calabozo, aceleró sus pasos y los contó en voz alta para ahuyentar su dolorosa alucinación.