Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Entre las sombras que se desvanecieron cuando se cerró la puerta, una joven enlutada se asomaba a la reja de la ventana, un pálido rayo de luna brillaba en sus cabellos de oro, y se parecía… ¡Por el amor de Dios! Corramos por los caminos, crucemos las aldeas, veamos a sus habitantes, en vez de dormir, bailar con frenesí… ¡Hacía zapatos! ¡Hacía zapatos!… ¡Cielos!… ¡Cinco pasos y cuatro y medio! ¡Cinco pasos y cuatro y medio!…
El preso, intentando librarse de estos retazos de frases que surgían de lo profundo de su alma, aceleraba cada vez más el ritmo, contaba con obstinación los pasos que medía, y a los rumores de la ciudad, que remedaban sin cesar el sonido de los tambores fúnebres, se añadían las voces desgarradoras de todos los que amaba.