Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades En el patio, frente a la habitación del señor Lorry, estaba la cochera del palacio, sostenida por una columnata, donde se veían aún las carrozas de Monseigneur; y en una de las pilastras, sobre un sustentáculo de hierro, dos antorchas ardían al aire libre y esparcían su resplandor rutilante sobre una enorme piedra de afilar, máquina tosca, traída del taller de algún carpintero. El señor Lorry, que se había acercado a la ventana, palideció al ver estos objetos, inocentes en sí mismos, y volvió a sentarse junto a la chimenea. Había abierto no solo las láminas de vidrio, sino también las persianas y volvió a cerrar ambas estremeciéndose de pies a cabeza.
A los rumores de la tarde que zumbaban en la ciudad, como sucedía todos los días, se sumaba de tanto en tanto algo que nada tenía de terrestre: un rumor indefinible, sonidos punzantes y desconocidos que subían hasta el cielo.
—¡Dios mío! —murmuró el señor Lorry, cruzando las manos—. Os doy gracias por no tener en esta ciudad ninguno de los seres que amo tanto. ¡Compadeceos, sin embargo, de los que están en peligro!
Muy pronto se oyó la campanilla de la puerta principal.
«¡Ya vuelven!», pensó el agente, escuchando sin querer.