Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Pero no se produjo una escandalosa invasión en el patio como esperaba, porque la puerta volvió a cerrarse lentamente y reinó de nuevo el silencio en el palacio.
La emoción febril y el horror que sentía aumentaban la vaga inquietud que va siempre ligada a la responsabilidad de un cargo importante. El señor Lorry se levantó —la caja y los libros estaban bien guardados— y se disponía a reunirse con los leales dependientes que velaban en el despacho de al lado cuando la puerta se abrió de pronto y entraron dos personas cuya aparición lo obligó a retroceder, sorprendido.
¡Eran Lucie y su padre!… Lucie con los brazos extendidos y el aspecto desesperado de los tiempos de desgracia.
—¿Qué sucede? —preguntó el señor Lorry con estupor—. ¿Qué significa esto, doctor Manette? Lucie, ¿por qué estáis en París? ¿Qué desgracia os ha traído?
Lucie, pálida, azorada y sin dejar de mirarlo, se arrojó en los brazos del anciano.
—¡Mi marido! —dijo con voz anhelosa.
—¿Vuestro marido, hija mía?
—Sí… Charles.
—¿Qué le ha sucedido?
—Está aquí.
—¿En París?