Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—¡Muy bien, señorita, muy bien! —repuso el anciano—. ¡Ánimo! Es un negocio muy serio. Vuestra señora madre tomó, pues, la resolución de ocultaros el encarcelamiento del doctor y, cuando murió de pesar, sin haber conseguido recibir noticia alguna de su marido, os legó un porvenir tranquilo y pacífico que os permitió crecer bella y grácil, sin que nublase vuestros juveniles años la inquietud devoradora que había desgarrado su corazón. —Al pronunciar estas palabras dirigió una mirada conmovida a los ondulantes cabellos de la señorita Manette, que se imaginaba prematuramente encanecidos por un dolor sin esperanza—. El doctor y su esposa —continuó— tenían una fortuna modesta, y hoy poseéis todo lo que les pertenecía. Nada hemos descubierto sobre este punto; no vais a buscar una cantidad ni unas tierras… —Se interrumpió de pronto al notar que los dedos de la joven le apretaban con más fuerza la muñeca, y al ver que las líneas expresivas de su frente manifestaban un sufrimiento y un horror profundos—. Se le ha encontrado —balbuceó el buen anciano—, vive aún. Está muy cambiado, muy viejo, no es más que una sombra, pero ¿cómo ha de ser? El caso es que vive. Un antiguo criado que vive en París le ha dado asilo, y con este objeto nos dirigimos a Francia, yo para cerciorarme de su identidad, si es posible reconocerle, y vos, señorita, para rodearle de cuidados y de amor.


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