Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades La máquina tenÃa un doble mango, y manejándolo con furia habÃa dos hombres: su rostro, de largos cabellos que caÃan hacia adelante y volaban hacia atrás a cada vuelta de rueda, era más horrible y más cruel que el de los más bárbaros salvajes en su más bestial vestimenta. Llevaban cejas y bigotes falsos, y su espantoso semblante estaba todo sudoroso y ensangrentado, y desencajado por los gritos, los ojos dilatados y la mirada torva, enrojecida por la disipación y la falta de sueño. Mientras daban vueltas a la máquina azotándose la cara con la mata de pelo sobre los ojos, y sobre el cuello y los hombros, algunas mujeres les llevaban un vaso lleno de vino hasta los labios para que pudieran beber sin interrumpir su tarea. Y entre aquellas gotas rojizas de vino y de sangre y las chispas que brotaban de la piedra se creaba a su alrededor una atmósfera infernal. No se veÃa allà a nadie que no estuviese manchado de sangre. Unos, desnudos hasta la cintura, tenÃan el cuerpo y los miembros; otros, los harapos, y algunos más estaban diabólicamente adornados con cintas y encajes teñidos en el cieno ensangrentado. Los cuchillos, las hachas, las bayonetas o los sables, todas las armas que habÃan llevado para afilar, estaban rojas y húmedas. Pedazos de tela anudaban en la muñeca de algunos los aceros de filo embotado, pero, aunque el tejido era diferente, su color era igual; y cuando sus dueños los arrancaban de las chispas y volvÃan la calle blandiéndolos con frenesÃ, el tinte rojo que habÃa desaparecido persistÃa en sus miradas, que un espectador no embrutecido habrÃa querido petrificar con una bala aunque eso le costara veinte años de existencia.