Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Servidor vuestro. ¿Me conocéis acaso? —le preguntó el señor Lorry.

Era un hombre robusto, de cuarenta y cinco a cincuenta años, con una enérgica cabeza cubierta por una cabellera negra, recia y rizada.

—¿No me conocéis? —dijo, en vez de responder.

—Efectivamente; os he visto…

—En mi taberna.

—¿Venís de parte del doctor? —preguntó inquieto el anciano.

—Sí, del ciudadano Manette.

—¿Qué os ha dado para mí?

Defarge entregó a la mano trémula que se le tendía una hoja de papel donde se leía lo siguiente:

Charles está sano y salvo, pero sería imprudente separarse de él. He conseguido que el mensajero se digne llevar un recado del preso a Lucie; conducidlo al lado de mi hija.

El señor Lorry, libre de un gran peso tras la lectura de estas líneas, le dijo a Defarge:

—¿Queréis ver a la señora Darnay?

—Sí —respondió el tabernero.

El anciano cogió el sombrero sin reparar entonces en el tono seco y automático de las palabras del ciudadano, y se dirigió al patio, donde encontraron a dos mujeres, una de las cuales hacía punto.


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