Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Debo añadir —dijo el señor Lorry, que acentuó sus palabras con la esperanza de atraer la atención de la joven—, debo añadir que el doctor ha cambiado de nombre. Es inútil preguntar por qué lo ha hecho, y es inútil averiguar si lo ha olvidado en su calabozo o si la detención que debía sufrir tenía un plazo determinado. La menor pesquisa sobre vuestro padre sería no solamente inútil, sino tal vez peligrosa, y es mucho más prudente no decir nada a nadie y volver inmediatamente a Londres con el antiguo preso. Yo mismo, escudado en mi doble cualidad de inglés y de agente de una casa muy importante para el crédito de Francia, me guardaré muy bien de hacer la menor alusión a este negocio. No llevo un solo escrito en que se mencione el hecho, y las cartas que deben abrirme ciertas puertas, las expresiones con que he de contestar, todo está comprendido en esta palabra: «Resucitado». Pero ¡no me oís! ¿Qué tenéis, señorita?
La joven se había desmayado, estaba completamente inmóvil contra el respaldo del sillón, con los ojos abiertos y el terror retratado en su rostro, y continuaba apretando con tanta fuerza el brazo del anciano que no atreviéndose este a separarle los dedos por temor a hacerle daño, pidió auxilio sin moverse de su sitio.