Historia de dos ciudades

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CAPÍTULO V EL ASERRADOR

En esos quince meses, Lucie no había abrigado un solo instante la certeza de que su marido no fuera a ser guillotinado al día siguiente. Los carros mortuorios cargados de víctimas pasaban todos los días por las calles, y jóvenes graciosas, mujeres brillantes de cabellos negros y de cabellos canos, niños y ancianos, nobles y plebeyos formaban el vino tinto que se sacaba todas las mañanas de las bodegas de la cárcel para apagar la sed devoradora del monstruo. ¡Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte! La última es más fácil de dar que las otras tres. ¡Oh, Guillotina!

Si Lucie hubiera esperado inactiva el fin del drama que tenía en suspenso su vida, habría participado de la suerte de muchos infortunados a quienes anonadaba la desesperación; pero, desde el momento en que en la buhardilla de Saint Antoine había reclinado sobre su corazón la canosa cabeza del preso, había sido fiel a sus deberes, y en esa nueva prueba continuaba cumpliéndolos con igual valor que en otro tiempo.




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