Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Desde que se instaló en su nueva habitación lo dispuso todo con tanto orden y tan buen gusto como si Charles estuviese a su lado: cada objeto ocupó su puesto y cada hora del día tuvo su ocupación particular. Las lecciones que daba a la tierna Lucie fueron tan regulares como si no hubiera partido de Londres, y lo único que revelaba su dolorosa inquietud era hasta qué punto se hacía ilusiones de que muy pronto vería a toda la familia reunida. Todas las mañanas hacía preparativos para recibir a Charles, acercaba la silla que le destinaba, ponía en la mesa los libros que prefería y, si a la hora de acostarse dirigía al cielo una oración ferviente por los que estaban amenazados de muerte, no se confesaba que rezaba por su marido.
Ni siquiera podía decirse que hubiese cambiado mucho; los vestidos sencillos y de color oscuro, así como los de su hija, estaban tan aseados como los trajes más brillantes que llevaba en otro tiempo; y, aunque estaba pálida, aquella expresión tan profundamente reflexiva, que en ciertas circunstancias había dado a sus facciones una gracia tan notable, no se borraba ya como en otro tiempo, sino que siempre era bella y grácil. Algunas veces, al abrazar a su padre por la noche, prorrumpía en llanto y le decía entre sollozos que había perdido ya la esperanza.