Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —No temas —le respondÃa el doctor con el tono de la firmeza y la convicción—, no puede sucederle desgracia alguna sin que yo lo sepa. Estoy seguro, hija mÃa, de que lo salvaré.
Apenas hacÃa cuatro meses que estaban en ParÃs cuando una noche, al volver a casa, le dijo el doctor Manette a su hija:
—Tengo que darte una buena noticia; hay en la cárcel una ventana alta a la cual puede llegar Charles a ciertas horas sin ser visto.
—¿A qué horas, padre mÃo?
—A las tres de la tarde. Cuando se lo permitan, lo cual depende de diversas circunstancias, podrá veros a ti y a tu hija, si estáis en la calle en cierto recodo que no es difÃcil indicarte; pero tú no podrás verlo, querida Lucie, y, si por una casualidad lo consiguieras, no olvides que serÃa peligroso hacerle señas.
—Me dirás dónde está ese sitio, padre mÃo, e iré todos los dÃas.
Desde ese dÃa, hiciese el tiempo que hiciese, esperó allà dos horas. Cuando no hacÃa frÃo ni demasiada humedad, se llevaba a su hija, pero si no iba sola, y solo faltó un dÃa.