Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Era la esquina de una callejuela oscura, sucia y tortuosa. La única morada de este rincón desierto era una barraca donde vivía un hombre que aserraba madera; por lo demás, no había sino un alto muro, al menos hasta donde alcanzaba la vista.
La tercera vez que Lucie acudió a la cita llamó la atención del aserrador.
—¡Buenas tardes, ciudadana! —le dijo.
—Buenas tardes, ciudadano.
Esta manera de saludar estaba prescrita por un decreto. Admitida voluntariamente al principio por los patriotas más celosos, había llegado a ser obligatoria.
—¿Otra vez por aquí, ciudadana?
—Ya lo veis, ciudadano.
El aserrador, un hombrecillo de aspecto vulgar (en otro tiempo había sido caminero), dirigió una mirada a la cárcel, la señaló con la cabeza y, colocándose los diez dedos sobre la cara como representando una reja, miró sonriendo a través de sus barrotes simulados.
«Al fin y al cabo, ¿a mí qué más me da?», dijo para sí.
Y nuestro hombrecillo, que en otro tiempo llevaba un gorro azul, continuó con ardor su interrumpido trabajo.
El día siguiente esperó a Lucie, y le dijo en cuanto llegó:
—¿También vienes hoy, ciudadana?