Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Charles Evrémonde, llamado Charles Darnay, comparecía ante el tribunal como aristócrata acusado de emigración, y el acusador público pedía su cabeza en nombre del decreto de destierro que prohibía bajo pena de muerte entrar en Francia a los emigrados. Era lo de menos que el regreso del acusado se hubiera producido antes de la proclamación del decreto invocado; dicho Evrémonde estaba allí, lo habían apresado en Francia, existía el decreto y era imprescindible que se le aplicase.
—¡Que le corten la cabeza! —gritaba el auditorio—. Es un enemigo de la República.
El presidente agitó la campanilla, y preguntó al acusado si era cierto que había vivido muchos años en Inglaterra.
—Es cierto —respondió Darnay.
En tal caso era un emigrado. ¿Y cómo se consideraba él?
Decía que era un francés que vivía en Inglaterra, pero no emigrado en el sentido que se daba a esta calificación.
—¿Y por qué? —quería saber el presidente.
Porque había renunciado voluntariamente a una posición y a un título que le eran odiosos, y, si había abandonado su país, mucho antes de que la palabra «emigrado» tuviese la significación que le daba el tribunal, era porque había preferido vivir de su propio trabajo en Inglaterra que a costa del pueblo de Francia.