Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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La señorita Pross y Cruncher eran los encargados de la compra; la primera pagaba y el segundo llevaba la cesta. Todas las tardes, a la hora de encender los faroles, salían los dos a recorrer las tiendas. Después de quince años en casa del doctor, la señorita Pross habría podido saber francés lo mismo que su propia lengua, pero había puesto tan poco de su parte en aprenderlo que esta jerga absurda, como ella la llamaba, le era tan extraña como al mismo Cruncher. Todas sus relaciones con los mercaderes con quienes trataba se reducían, por lo tanto, a algún sustantivo aventurado, y cuando este no designaba el producto que deseaba, se apodera de él y no lo soltaba hasta que quedaba cerrado el trato; por lo demás, nunca se olvidaba de levantar un dedo menos que el comerciante, cualquiera que fuese el número de los que le hubiera enseñado antes, representando los sueldos o las libras que valía el artículo.

—Podemos salir ya, señor Cruncher —dijo el aya, con los ojos enrojecidos por las lágrimas de alegría que había derramado.

Jerry declaró con voz ronca que estaba a disposición de la señorita Pross. Hacía mucho tiempo que había desaparecido el óxido que cubría sus dedos, pero nada había podido suavizar su pelambrera recia y tiesa.


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