Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Salgamos pronto —dijo la señorita Pross— porque necesitamos una infinidad de cosas. Tenemos que comprar ante todo vino, porque los gorros rojos van a beber a nuestra salud en la taberna donde nos surtimos.
—Ya comprenderéis, señora, que es indiferente que beban a vuestra salud o a la del viejo —replicó Jerry.
—¿De qué viejo habláis, señor Cruncher?
Este explicó tÃmidamente que hablaba del diablo.
—¡Ah! —dijo el aya—. No se necesita intérprete para saber lo que significan esos monstruos colorados, porque no tienen más que un sentido, asesinato y desgracia.
—¡Chist, Pross! —dijo Lucie.
—SÃ, sÃ, no temáis, señorita —respondió la señorita Pross—; seré prudente, pero aquÃ, entre nosotros, bien puedo decir que me causan horror esas bocas que huelen a cebolla y a tabaco, y espero no encontrarlas en mi camino. Vos, hija mÃa, no salgáis de vuestro cuarto, cuidad de vuestro marido y no os expongáis al aire libre como hacéis ahora. Doctor, ¿puedo haceros una pregunta?
—Podéis tomaros esa libertad —contestó el doctor Manette sonriendo.
—No habléis por Dios de libertad, que de sobra tenemos con la que hay en Francia —dijo el aya.