Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¡Chist! —repitió Lucie—. ¿Serás incorregible?
—Hija mÃa —dijo la anciana moviendo la cabeza—, soy súbdita de su majestad el rey de Inglaterra Jorge III —la señorita Pross hizo un saludo al nombrar a su soberano—, y como tal pido al Señor que confunda su polÃtica infernal y frustre sus proyectos satánicos. ConfÃo en el poderoso monarca que nos protege y ¡Dios salve al rey!
Jerry Cruncher repitió con su voz ronca en un arranque de fidelidad monárquica las últimas palabras de la señorita Pross, como si hubiera respondido en la iglesia.
—Me alegro de que seáis un buen inglés —dijo la anciana, satisfecha—, y lo único que lamento es que los constipados os hayan quitado la voz. Pero vuelvo a mi pregunta.
La excelente aya tenÃa costumbre de afectar una gran indiferencia a todo lo que le interesaba vivamente, y de aventurar el objeto de sus inquietudes como por casualidad y en medio de una multitud de digresiones que demostraban que lo que tenÃa que decir era de escasa importancia.
—Quisiera saber, doctor, si saldremos pronto de esta maldita ciudad.
—Temo que no, señorita Pross, porque marcharnos precipitadamente podrÃa ser peligroso para Charles.