Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Si crees haberme sorprendido hace un momento, te equivocas —dijo el hermano—; sabÃa que estabas en ParÃs, conozco a casi todos los habitantes de esta ciudad, y, si no tienes intención de causar mi muerte, como estoy tentado de creer, sigue tu camino, ocúpate de tus asuntos y déjame a mà que me ocupe de los mÃos. No puedo perder tiempo, soy funcionario.
—¡Mi propio hermano —exclamó la señorita Pross, alzando al cielo los ojos llenos de lágrimas—, Solomon, el que podÃa prestar los servicios más eminentes… en su patria natal, admitir empleos en un pueblo extranjero! ¡Y qué pueblo!… PreferirÃa verlo sin aliento…
—No me equivocaba —dijo Solomon interrumpiéndola—, quiere mi muerte; va a hacerme sospechoso justo cuando empezaba a prosperar.
—¡Dios aleje de mà tal pensamiento! —dijo la señorita Pross—. PreferirÃa no volverte a ver en toda mi vida, querido Solomon, y Dios sabe cuánta serÃa mi pena. Respóndeme una sola vez con cariño, dime que no estás enojado, y me alejo enseguida.
¡Excelente mujer! ¡Como si hubiera merecido el desdén de su hermano, como si no se supiera que un dÃa —habÃan pasado ya algunos años— el rufián la habÃa abandonado después de gastarse todo el dinero que tenÃa!