Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Todos los vecinos habían suspendido su trabajo o su ocio para acudir al teatro de la desgracia y beber el vino derramado. Las piedras desiguales que cubrían la calle, que asomaban sus agudas puntas como si las hubieran arrojado al azar con el único fin de conspirar contra las costillas de los transeúntes, habían estancado el licor en pequeños charcos, todos ellos rodeados por un grupo de individuos más o menos numeroso que se empujaban con gran algazara. Algunos hombres arrodillados, formando un vaso improvisado con el hueco de sus manos, recogían el precioso líquido y se apresuraban a beberlo, o lo defendían de las mujeres que, inclinadas sobre sus hombros, se esforzaban en sorberlo antes de que se les cayese entre los dedos. Otros individuos, hombres y mujeres, hundían en los charcos vinosos pequeñas cazuelas de barro desportilladas, o los pañuelos a modo de esponjas, y las madres los exprimían después en la boca de los niños. Estos construían a toda prisa diques de lodo para detener el vino que huía entre las piedras o, dirigidos por espectadores asomados a las ventanas, corrían para contener los canales que se formaban en nuevas direcciones. Algunos se habían apoderado de las duelas rotas del tonel, cubiertas de cieno, y las chupaban y mascaban con delicia. No quedó vino por recoger, y no solo vino, sino barro siquiera, pues este desapareció con tanto cuidado que se diría que había pasado un barrendero por la calle, si tal milagrosa presencia hubiera sido conocida en el vecindario.