Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades En la calle donde se había celebrado esta libación gratuita resonaban con gran estruendo las carcajadas, los gritos de alegría y las voces de hombres, mujeres y niños. Caracterizaban la diversión de la muchedumbre cierta grosería y mucha jovialidad, y se advertía en todos los grupos un espíritu de sociabilidad particular, así como un afán visible de aproximarse unos a otros, que, entre los menos desgraciados o en los más alegres, se expresaba con abrazos, brindis, apretones de manos y animadas cabriolas. Cuando el vino desapareció completamente, dejando entre las piedras los mil canales que habían trazado los bebedores, estas demostraciones cesaron tan repentinamente como habían empezado. El aserrador, cuya sierra había quedado en un tronco, fue a continuar su trabajo. La mujer que había dejado en el umbral de su puerta el brasero lleno aún de cenizas calientes, en las que trataba de calentarse los pies, las manos y a su niño de pecho escuálido, volvió a casa. Los trabajadores, que con los brazos desnudos, los cabellos sucios y llenos de polvo y la faz cadavérica, habían aparecido a la claridad de aquel día de invierno, volvieron a bajar a sus talleres y una tristeza sombría se apoderó otra vez de la calle, donde tal sentimiento parecía más natural que el sol y la alegría.