Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¡Qué decÃs! —exclamó el anciano, lleno de consternación—. Apenas hace dos horas que me he separado de él y estaba libre sin la menor inquietud, y ahora iba a verlo.
—Pues está preso. ¿A qué hora han ido a prenderlo, Barsad?
—Tal vez no haya llegado aún a la cárcel.
—John Barsad es en este aspecto una excelente autoridad —dijo Sydney—, pues por él he sabido la noticia que comunicaba a uno de sus amigos mientras se bebÃan una botella. «He dejado —decÃa— a los cuatro hombres encargados de prenderlo en la puerta de la casa y los he visto entrar.» Ya veis que la noticia es auténtica.
La mirada práctica del señor Lorry vio en el rostro de Sydney que era inútil insistir sobre este punto y que la prisión era indudable. Conmovido por tan inesperada nueva, pero dándose cuenta de que tenÃa necesidad de toda su sangre frÃa, el excelente anciano dominó su agitación y prestó oÃdo atento a las palabras de Sydney.
—Espero —dijo este— que el nombre y la influencia del doctor producirán mañana… ¿No habéis dicho que mañana se sentenciarÃa al preso, señor Barsad?
—Lo supongo.