Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —No puedo perder más tiempo; estoy de servicio, y tengo que irme. Si tenéis que hacerme alguna proposición, hablad pronto. No me exijáis nada que tenga relación con mi empleo, porque me expondrÃa a una muerte segura y preferirÃa negarme rotundamente a engañar a mis superiores. Habláis de desesperación, y creo que todos seguimos un juego desesperado. Pensadlo bien, porque yo también puedo denunciaros, jurar lo que quisiera y perderos inmediatamente. ¿Qué tenéis que pedirme?
—Un servicio insignificante. ¿Sois carcelero en la Conciergerie?
—Ya os he dicho que una evasión es imposible —dijo Barsad con firmeza.
—¿Quién os habla de evasión? ¿Sois carcelero de la Conciergerie?
—Algunas veces.
—¿Podéis serlo cuando queréis?
—Entro en la cárcel.
Sydney llenó el vaso y lo vació lentamente en la chimenea. Cuando cayó la última gota, se levantó y le dijo a Barsad:
—Os he hecho venir aquà porque era conveniente que tuviese testigos del valor de mis cartas. Pasemos ahora a aquel aposento. No necesitamos luz. Allà os diré lo que exijo de vos.