Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Eso es cierto —dijo el anciano—; borrón y cuenta nueva. No hablemos más del asunto. Es posible que os conserve a mi servicio si lo merecéis por vuestra conducta, y si vuestro arrepentimiento se manifiesta no con palabras sino con obras.
Cruncher saludaba a su patrón golpeándose la frente con el dorso de la mano cuando salieron Sydney Carton y el espÃa del aposento inmediato.
—Adiós, señor Barsad; quedamos de acuerdo, y nada debéis temer —dijo Carton.
Y, cogiendo una silla, se sentó al lado del anciano, el cual, tan pronto como estuvieron solos, le preguntó:
—¿Qué habéis conseguido?
—Poca cosa —respondió Carton—; si es sentenciado a muerte, me introduciré en el calabozo de Darnay.
El rostro del señor Lorry expresó su descontento.
—Es lo único que he podido conseguir —repuso Carton—; exigir más hubiera sido poner la cabeza de ese hombre bajo el filo de la guillotina. ¿Qué podÃa suceder si lo denunciara? PerderÃa toda la ventaja de la situación.
—Pero, si es sentenciado a muerte —dijo el anciano—, no lo salvará que entréis en su calabozo.
—No he dicho yo lo contrario.