Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Los ojos del señor Lorry se volvieron a la chimenea. El cariño que sentÃa por Lucie y lo imprevisto de aquel golpe tan terrible debilitaron su valor; era ya un anciano abatido por la inquietud, y vertió lágrimas amargas.
—Sois un hombre excelente, un verdadero amigo —dijo Sydney con voz conmovida—. Perdonad si me inmiscuyo en vuestro dolor, pero no podrÃa permanecer insensible ante las lágrimas de mi padre, y vuestra aflicción me es tan sagrada como me habrÃa sido la suya. Afortunadamente no tenéis el disgusto de llamarme hijo vuestro.
Aunque pronunció estas palabras con aparente indiferencia, habÃa en su voz una expresión de respeto y sentimiento para la cual no estaba preparado el señor Lorry, que nunca le habÃa oÃdo hablar con tanta formalidad.
—Pero volvamos a ese pobre Darnay —continuó Carton, estrechando con emoción la mano que le tendÃa el anciano—; sobre todo no habléis a su mujer de la entrevista que me han prometido. Como el arreglo que hemos hecho entre Barsad y yo no permite que ella pueda ver al reo, es inútil por lo tanto hablarle de este asunto; creerÃa que he pedido esta entrevista para proporcionar a su marido algún medio de suicidio.
El anciano miró a Sydney para adivinar si realmente abrigaba semejante designio.