Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Se imaginarÃa una infinidad de cosas —prosiguió Carton, que habÃa comprendido la mirada del banquero—, y eso solo contribuirÃa a aumentar su inquietud. No le habléis de mà y, como os he dicho antes, es preferible que no me vea. ¿Vais a su casa? ¡Qué desconsolada estará!
—Voy al momento.
—Me alegro. ¡Os quiere tanto! ¿Está muy cambiada?
—Su tristeza es profunda, pero está tan hermosa como siempre.
—¡Ah!
La exclamación de Carton fue un sonido prolongado, triste como un suspiro, casi como un sollozo.
Sorprendido al ver el dolor contenido que revelaba esta exclamación, el señor Lorry se volvió hacia él, mientras inclinaba la cabeza sobre la chimenea. Una sombra o un rayo (el anciano no podÃa asegurar cuál de las dos cosas) pasó por su rostro con tanta rapidez como la luz en la cima de un monte cuando asoma el sol entre las nubes, y Carton apartó con el pie uno de los tizones encendidos que habÃa caÃdo fuera. Llevaba un sobretodo de paño blanco y las botas de campana que estaban entonces en boga; la llama, al reflejarse en su traje, aumentó su palidez. El señor Lorry le advirtió con viveza de que su pie, aún apoyado en el tizón, estaba en medio de las ascuas.