Historia de dos ciudades

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—Comprendo lo que experimentáis —dijo Carton con entusiasmo—. Y esto os alienta y consuela, ¿no es cierto?

—Sí.

Se levantó para ayudar al anciano a ponerse el abrigo.

—Pero vos —le dijo el señor Lorry, continuando la conversación—, vos sois joven.

—Sí —respondió—, tengo pocos años, pero la senda que he seguido no conduce a la vejez. Pero ¿por qué hemos de ocuparnos de mí?

—¿Y de mí? —dijo el anciano—. ¿Me acompañáis a la puerta?

—Sí, tengo que salir. Si volviera tarde, no os preocupéis: ya sabéis mis hábitos. ¿Iréis al tribunal?

—Desgraciadamente tengo que ir.

—Estaré allí confundido entre la multitud. Aceptad mi brazo.

Algunos minutos después el anciano llegó a la casa del doctor. Carton se despidió, pero, después de recorrer algunas calles vecinas, volvió a la puerta de Lucie y la acarició con mano respetuosa.

«De aquí salía todos los días para dirigirse a la cárcel —se dijo—, tomaba esa calle y después aquella. Ha andado sobre estas piedras; sigamos la huella de sus pasos.»


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