Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Es cierto. No sabÃa lo que decÃa.
—Y por eso me parece que vale la pena dar gracias a Dios.
—Si, sÃ, también me lo parece a mÃ.
—Pero si en el fondo de vuestro corazón solitario os dijeseis esta noche: «No me he ganado la gratitud ni el aprecio de nadie en el mundo, no he merecido el afecto de nadie, no he hecho nada bueno ni útil de lo que puedan acordarse», ¿no os pesarÃan vuestros setenta años como otras tantas maldiciones?
—Es indudable.
Carton observó los tizones sin decir nada.
—Quisiera haceros una pregunta —dijo, después de una pausa bastante larga—. ¿Os parece muy lejana vuestra infancia? ¿Os parece muy remota la edad en que estabais en el regazo de vuestra madre?
—Me lo parecÃa veinte años antes, pero no ahora; cuanto más me acerco al fin, más próximo estoy al principio. Esta es una de las cosas que a mi edad hacen más fácil y suave el camino; mi corazón se conmueve con una multitud de recuerdos que en otro tiempo dormÃan; evoco en mi memoria el hermoso rostro de mi madre, que tan vieja serÃa ahora, la veo en su juventud y, con los pensamientos que despierta, me encuentro en los dÃas en que las realidades de lo que llaman mundo no existÃan para mà y mis defectos eran solo germinales.