Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Eran las diez cuando llegó a la calle tortuosa donde ella habÃa ido tantas veces. El aserrador habÃa cerrado su barraca y fumaba delante de la puerta.
—Buenas noches, ciudadano —le dijo el inglés parándose, porque el hombrecillo lo examinaba con atención.
—Buenas noches, ciudadano.
—¿Cómo va la República?
—Querréis decir la guillotina; no va mal; sesenta y tres cabezas hoy, y muy pronto llegaremos al centenar. El verdugo y sus ayudantes se quejan de cansancio. —El hombrecillo prorrumpió en una carcajada estúpida, y añadió—: ¡Qué picaruelo es Sansón… y qué buen barbero!
—¿Vais alguna vez a verlo…?
—¿A verlo trabajar? Todos los dÃas. ¿Nunca lo habéis visto trabajar?
—Nunca.
—Creedme, no dejéis de ir, y escoged una buena hornada. Figuraos, ciudadano, que hoy ha afeitado sesenta y tres cabezas en dos pipas, en menos de dos pipas, ciudadano, palabra de honor.
El hombrecillo le enseñó al decir esto la pipa llena de tabaco para explicar el instrumento con que medÃa el tiempo. Carton experimentó tan vivo deseo de estrangularlo que se dio la vuelta.