Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¿Es para vos, ciudadano?
—Para mÃ.
—Los guardaréis en lugar seguro, ciudadano. ¿Sabéis lo que resultarÃa de esta mezcla?
—Lo sé muy bien.
El farmacéutico hizo varios paquetes, y Carton se los colocó uno por uno en el bolsillo más interior de su traje, pagó lo que debÃa y salió de la botica.
—Nada más tengo que hacer hasta mañana —dijo, mirando las nubes que el viento empujaba con rapidez—; sin embargo, no creo que pueda dormir.
En el tono en que pronunció estas palabras no se revelaba la indiferencia ni el reto, sino el sentimiento de un hombre que, después de extraviarse, ha buscado mucho tiempo su camino y, abrumado de cansancio, encuentra la senda que habrÃa tenido que tomar y ve su término.
Era aún casi un niño, en la época en que su talento alimentaba tantas esperanzas, cuando siguió el féretro de su padre (su madre habÃa muerto algunos años antes) y, mientras recorrÃa las calles oscuras donde la luna, rasgando las nubes, aparecÃa y se escondÃa, acudÃan a su memoria las palabras solemnes que habÃa leÃdo en el cementerio: «Soy la resurrección y la vida, dice el Señor. El que cree en Mà vivirá aunque haya muerto, y el que vive en Mà está seguro de vivir eternamente».