Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Solo en medio de aquella noche de invierno, en una ciudad dominada por el cadalso, pensando con dolor en las sesenta y tres cabezas que habían caído aquel día y acordándose de los presos a quienes esperaba igual suerte, Carton habría podido descubrir fácilmente la asociación de ideas que estas palabras traían a su memoria como un áncora perdida desde hacía mucho tiempo en el fondo del mar, pero no la buscó, y no hizo más que repetir las palabras sagradas mientras seguía su camino.
Miraba con solemne interés las ventanas de las habitaciones donde la gente iba a encontrar en el sueño el olvido de los horrores del día; se paraba en el atrio de las iglesias donde nadie rezaba ya; pensaba en los cementerios lejanos, consagrados al eterno descanso, como rezaba la inscripción puesta en sus verjas; y pensaba en las cárceles llenas de víctimas, en el camino que seguían los reos para dirigirse al suplicio, que había llegado a ser tan común y material que ninguna historia atormentada de algún espíritu encantado se escuchaba ya entre el pueblo, a pesar de lo mucho que trabajaba la guillotina. Y con un solemne interés por la vida que dormitaba en la sombra, cruzó el río y llegó a calles mejor alumbradas.