Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Encontró allí pocos carruajes. Quien salía en coche pasaba por sospechoso, y las personas distinguidas, ocultando su cabeza bajo el gorro republicano, calzaban zapatos y andaban por el lodo. Pero los teatros eran muy frecuentados, y la multitud que salía de ellos pasó alegremente por su lado, y se dividió después en pequeños grupos que se dirigían en animada conversación a sus casas. Delante de uno de esos teatros, una niña y su madre buscaban con la mirada el sitio menos lleno de lodo para cruzar la calle. Sydney cogió a la niña, la llevó al otro lado, y, antes de que el brazo infantil se desprendiera de su cuello, le pidió un beso.
«Soy la resurrección y la vida, dice el Señor. El que cree en Mí vivirá aunque haya muerto, y el que vive en Mí está seguro de vivir eternamente.»
Las calles estaban silenciosas, se acercaba la noche, y las palabras del texto sagrado estaban en el eco de sus pasos y en los murmullos del viento. Completamente tranquilo y firme, a veces se las repetía a sí mismo mientras andaba; pero siempre las oía.