Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Vivas aclamaciones acogieron esta reprensión. El presidente agitó la campanilla y continuó con entusiasmo:
—Si la República te pidiera a tu propia hija, tu deber sería sacrificársela. ¡Oye y calla!
Volvieron a oírse furiosos aplausos; el doctor se sentó abatido con los labios trémulos; su hija se acercó a él con ternura, y el patriota famélico se frotó las manos y se llevó la derecha a los labios.
Llamaron a Defarge a declarar después de restablecer el silencio, y el tabernero contó brevemente que servía al doctor en la época en que este fue preso, y explicó el estado en que se encontraba el cautivo cuando consiguió la libertad después de dieciocho años de prisión.
—¿No te distinguiste en la toma de la Bastilla, ciudadano?
—Ya lo creo.
—Peleaste como un valiente, ¿por qué no has de decirlo? —gritó una mujer con voz penetrante, alzándose en medio de la multitud—. Disparaste como un héroe el cañón y fuiste uno de los primeros que entraron en la fortaleza maldita. Patriotas, no digo más que la verdad.
Esta mujer era la Venganza, que, con general regocijo, interrumpía la audiencia.
El presidente la llamó al orden.