Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Me burlo de tu campanilla —gritó ella con descaro.
Y ahogaron su voz frenéticos aplausos.
—Informa al tribunal, ciudadano, de lo que hiciste después de entrar en la Bastilla.
—SabÃa —respondió Defarge, mirando a su mujer, que, desde su banco, no dejaba tampoco de mirarlo—, sabÃa que el preso en cuestión habÃa ocupado el número 105 de la Torre Norte. En la época en que hacÃa zapatos en mi buhardilla no se daba a sà mismo otro nombre que el número de su calabozo. El dÃa de la batalla, mientras cargaba mi cañón, resolvà entrar en la plaza después de la rendición y examinar el número 105. Vence el pueblo, entro, subo a la prisión con un amigo que actualmente es miembro del jurado, examino el aposento con cuidado y encuentro detrás de una de las piedras de la chimenea estos papeles. ConocÃa la letra del preso, y vi que era la misma. Puedo por lo tanto afirmaros que estas lÃneas son del puño y letra del doctor Manette, y os las entrego, presidente, tal como las encontré.
—¡Que se lean!¡Que se lean! —gritó la multitud.