Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Es inútil —me respondió.
La herida estaba en el sitio que ocultaba su mano, y logré descubrirla. Era una estocada, recibida veinticuatro horas antes, y que habrÃa sido mortal aun cuando le hubiesen prestado con tiempo los auxilios del arte.
Miré al mayor de los hermanos, que contemplaba la agonÃa de aquel hermoso joven como si se tratara de un pájaro o de una liebre, y le pregunté:
—¿Cómo ha sido herido?
—Es un perro, un rústico que ha obligado a mi hermano a defenderse contra él, y ha recibido una estocada como si fuera un caballero.
No se revelaba el menor dolor ni la menor compasión en la voz que dio esta explicación. El individuo que hablaba creÃa que no era conveniente que una criatura de un orden tan inferior muriera allÃ, en vez de sucumbir oscuramente, como correspondÃa a un canalla de su especie. Era completamente incapaz de sentir compasión por aquel campesino.
El moribundo volvió lentamente los ojos hacia aquel hombre y luego los detuvo en mÃ.
—Esos nobles son orgullosos —dijo—, pero nosotros, perros y rústicos, lo somos también algunas veces. Nos roban, nos ultrajan y nos matan, pero conservamos nuestro orgullo. ¿La habéis visto, doctor?