Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Los gritos de la desgraciada, aunque debilitados por la distancia, llegaban hasta nosotros.
—Sà —respondÃ.
—Es mi hermana —continuó—. Estos nobles tienen derechos vergonzosos que ejercen desde hace mucho tiempo, pero hay jóvenes honradas entre nosotros, y las ha habido siempre, como he oÃdo decir a mi padre. Mi hermana era una de ellas. DebÃa casarse con un joven de valor, de buen corazón, uno de sus vasallos. Todos éramos arrendatarios de ese hombre que está a vuestro lado; el otro es su hermano y es el peor de una mala raza.
El moribundo articulaba con dificultad las palabras, pero su alma hablaba con una terrible energÃa.
—Nos habÃa saqueado hasta tal punto, como nos sucede a los rústicos y perros, que nos imponÃa y nos obligaba a trabajar para él sin salario, a moler su trigo en nuestro molino y a alimentar su gallinero con nuestra pobre cosecha, sin poder criar un palomo siquiera para nosotros. Nos habÃa saqueado y apurado tanto que, si por casualidad tenÃamos un pedazo de carne, lo comÃamos con la puerta y las ventanas cerradas para que sus satélites no vinieran a quitárnoslo de la boca. En una palabra, éramos tan pobres que mi padre nos decÃa que era culpable traer al mundo un hijo, y pedÃamos a Dios que extinguiese nuestra raza con la esterilidad de las mujeres.