Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Le hice beber una parte de la poción, y me senté a su lado, pero continuaba repitiendo: «¡Marido mÃo! ¡Padre mÃo! ¡Hermano mÃo!», contaba hasta doce, imponÃa silencio y volvÃa a empezar.
HacÃa treinta y seis horas que la habÃa visto por primera vez, habÃa salido y entrado en el aposento varias veces, y me hallaba a su lado cuando su voz se alteró, sus gritos se debilitaron y sus palabras fueron cada vez más confusas. Hice todo género de esfuerzos para favorecer la calma que se apoderaba de ella, y poco tiempo después cayó en profundo letargo.
Esto nos produjo el mismo efecto que cuando el viento y la lluvia cesan de pronto tras una espantosa tormenta. Le desaté los brazos, y llamé a la mujer que la velaba conmigo para colocarla en mejor posición y arreglarle el vestido. Vi entonces que estaba embarazada y perdà la escasa esperanza que tenÃa de salvarla.
—¿Ha muerto? —preguntó el marqués, esto es, el mayor de los dos hermanos, que entraba en esos momentos, con las botas de camino puestas.
—No —respond×, pero es probable que vaya a morir.
—Estas gentes del pueblo tienen siete vidas como los gatos —dijo, mirando a la enferma con cierta curiosidad.
—Hay en la desesperación una fuerza prodigiosa —repliqué.